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Egoísmo imprescindibleDe Motu Impropio


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Después de tantos años tratando con pilotos creo tener claro cuál es el principal rasgo de la personalidad que los define como tales a todos.

Y desde luego no es esa “locura” con la que, a menudo, se les describe.

Alguien que conduce una moto de carreras no está más loco que alguien que trabaja en un laboratorio con cepas mortales, se sube a un andamio en un piso 19 o desactiva bombas en un callejón. Son profesionales que trabajan en situaciones extremas y que exigen un control absoluto de los riesgos. Cualquier frivolidad y por supuesto cualquier atisbo de locura cuestan la vida.

El rasgo que separa a un piloto de carreras de otros profesionales de lo extremo no es, por tanto, ése, sino el egoísmo.

A un agente que se enfrenta a un terrorista, a un médico que trabaja con enfermedades infecciosas o a un reportero que sigue informando bajo las bombas los mueve un sentimiento de servicio.

A un tipo que pilota un coche o una moto a 350 km/h lo mueven única y exclusivamente la gloria, la fortuna y la maravillosa sensación de saberse el mejor.

El egoísmo en su forma más pura.

Y me parece fenomenal que sea así.

De hecho ese es el componente que separa a un verdadero “killer” de un simple buen piloto.

En muchísimas ocasiones la diferencia entre un título mundial y una honorable quinta posición no es tanto mecánica como de actitud. Yo siempre digo que un verdadero campeón tiene un punto de psicópata.

He tenido el privilegio de tratar con algunos de los más grandes..., y todos tenían en común “esa” mirada” y “esa” obsesión que los distinguía de los demás. Odiaban a sus rivales..., los odiaban hasta el tuétano, sí. Por supuesto que eso no quería decir que jugaran sucio en la pista o pusieran en riesgo su vida de modo intencionado..., pero, hasta ahí, les deseaban todos los males posibles dentro de los límites del reglamento y el sentido común.

No les concedían a sus oponentes ni el más mínimo respiro fuera o dentro de la pista.

Si se trataba de ganar no cabían medias tintas ni excusas ni indulgencias.

Mientras escribo voy pensando, al mismo tiempo, en uno de los pilotos que he conocido y que mejor representan todo esto que estoy contando. Probablemente uno de los que más junto con Mick Doohan, el hombre en cuya mirada vi siempre la mayor dosis de “ese” odio deportivo..., y que no es otro que Alberto Puig.

No es ningún secreto que siento debilidad por Alberto y ya en muchas ocasiones he dicho que estoy absolutamente convencido de que de no mediar ese terrible accidente en Le Mans hubiera sido el primer español campeón del mundo de 500.

Puig es un tío con fama de raro y de huraño..., y probablemente lo es pero buena parte de esa reputación se debe a que es alguien que tiene muy claro que no está en esto de las carreras para ser tu mejor amigo o el yerno ideal. Su relación con los medios nunca ha sido fácil pero tampoco ha sido nunca hipócrita. Dice lo que piensa, cuando lo piensa, como lo piensa y si es necesario a la cara de quien lo piensa.

Y este hombre es, desde hace unas semanas, máximo responsable de HRC, de modo que aventuro cambios en la escuadra naranja y azul. Los títulos conseguidos por el equipo petrolero bajo el liderazgo de Marc Márquez -por cierto, pese a su simpatía, otro piloto al que se le inyectan los ojos en sangre cuando sale a pista- ahí están y por eso tengo la impresión que el revulsivo que significa la llegada de Puig tiene más que ver con algo estructural que estrictamente de palmarés.

Si Alberto cree que debe sacar una cimitarra para mejorar las cosas, que a nadie le quepa la mejor duda de que la sacará. Y si en esa cimitarra debe cortar cabezas de amigos, conocidos o saludado..., las cortará también. Por eso mismo resultará muy interesante y muy delicada la gestión de su relación con Dani Pedrosa. Es público y notorio que su desencuentro profesional implicó también un desencuentro personal que no han abonado en público pero que sigue latente y deberán sobrellevar con la máxima profesionalidad.

Estoy seguro de que será así porque, aunque ninguno de los dos es un príncipe de la diplomacia y el protocolo, hay algo que les sigue uniendo: el egoísmo del piloto.

Ese egoísmo imprescindible para ganar.

Fotos de 'Egoísmo imprescindible'

 

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