Harley-Davidson Low Rider 2018 (Prueba): Fe en el concepto

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Hay motos que eligen a sus conductores y que sólo unos pocos pueden comprender. Motos como la Low Rider que responden a una lógica más allá de lo dinámico.

Soy demasiado facilón. Esta vez, cuando Iván me propuso volver a probar, ofrecí demasiado poca resistencia; además, como se trataba de una Harley-Davidson, ya ni siquiera mediaron sobornos.

Será que me estoy ablandando con mi cuasi retiro..., o que siento debilidad por las motos de Milwaukee. Un amor correspondido porque son, sin duda, las máquinas que más he trabajado en todos mis años en esto del periodismo motero, desde las espartanas primeras Sportster 'Evo' a las grandes Cruiser 'Twin Cam' pasando por aquellas extrañas pero interesantes Buell o los astronómicos modelos CVO.

Eso sí, casi todas las veces que he tenido que escribir sobre ellas he comenzado diciendo lo mismo; que por encima de sus cualidades dinámicas -que son las que son y su circunstancia- las máquinas americanas representan un concepto lúdico y humano de la motocicleta con el que siempre me he identificado.

Reconozco, en cualquier caso, que el de 'concepto' es un término complicado porque exige siempre cierta explicación a posteriori y cierta colaboración por parte de un sujeto paciente.

Hace falta un acto de fe para que uno se crea que, efectivamente, ese manchurrón en un lienzo es un 'concepto' que el artista quiere transmitir. O que esos alaridos desgarradores que uno diría provenientes de un gato cuyo rabo acaba de aplastar una locomotora son, en realidad, un nuevo 'concepto' que el compositor brinda al mundo.

Y también en el caso de la custom en general y la Low Rider en particular se requiere de esa complicidad y de esa asunción del 'concepto'...

Diferente dentro de un orden

En ese sentido, la Low Rider ha sido siempre la moto más 'conceptual' de la marca de Milwaukee. Probablemente sólo la Springer Softail -aquella preciosidad con horquilla por paralelogramos, ya desaparecida de catálogo por cuestiones técnicas- lo haya sido aún más..., y como tal, para minorías incluso dentro de la familia harlista.

La razón es que la Low Rider -a la postre también una rígida Softail- sigue representando, dentro del género americano, el referente más cercano al 'chopper' arquetípico popularizado por la estética 'Easy Rider' y demás; larga horquilla, neumático delantero estrecho, vocación monoplaza y carácter más metropolitano que rutero. Justamente todo lo contrario de lo que se ha llevado en un panorama custom dominado antes por las 'Cruiser', después por las 'Bobber' y ahora por las 'Café Racer'.

Así que quien se interese por la Low Rider debe asumir exactamente ese concepto tal y como es, con sus defectos y sus virtudes..., aunque resulte a todas luces injusto tratar como 'defectos' lo que no son más que peculiaridades del género. Tan injusto, por ejemplo, como decir que una moto de cross tiene el 'defecto' de una suspensión blanda o una R el 'defecto' del poco confort. Por eso, quien se haga con esta Harley-Davidson, debe tener igualmente muy claro que es una moto de un comportamiento dinámico muy personal y que requiere de cierta adaptación al estilo.

La primera cosa que conviene tener en cuenta es que esta moto se conduce con el trasero, o dicho de otro modo, desde el asiento. El manillar es poco menos que un elemento al que agarrarse para no perder el equilibrio..., porque todo lo demás se hace a golpe de cadera y de acelerador.

Aprendiendo a conducir

Las especificaciones técnicas del modelo hacen mucho hincapié en que la horquilla es notablemente más ligera respecto a la versión anterior aunque personalmente no tengo claro que esto juegue a favor en un modelo tan particular como es la Low Rider. Sin duda lo ha hecho más dócil y fácil a baja velocidad pero también lo ha hecho más volátil enlazando virajes y con una clara tendencia a subvirar.

En esta circunstancia y dada la distancia entre ejes, el contraste en el tamaño de las gomas -19" delante y 16" detras- el escaso recorrido del monoamortiguador trasero y los 287 kilos de peso en secotoca colocar el tren delantero en la entrada del viraje, cortar el gas, empujar con la cadera hacia el interior de la curva y abrir el acelerador en el momento justo para dejar que el astronómico par del motor haga su trabajo y nos saque de ahí.

Si lo hemos hecho todo bien comprobaremos con alivio que la moto se coloca ya donde debe para repetir idéntica operación en la siguiente curva. Y otra de las cosas de la que nos daremos cuenta es que para ello apenas tenemos que recurrir a los frenos porque la retención del motor nos bastará para mantener las cosas en su sitio. De tener que hacerlo, sin embargo, daremos con un freno delantero cuyo tacto me pareció demasiado de compromiso -sin duda se ha primado la suavidad al mordiente- pero al que se puede acudir con toda confianza gracias al ABS y un freno trasero -en cambio- algo más agresivo. Es algo totalmente intencionado que, dada la estrechez del neumático delantero, busca repartir más equitativamente la frenada entre ambos.

Dinámicamente, por tanto, conducir una Low Rider difiere bastante de lo que se hace en idéntica situación con cualquier otra moto al uso..., y eso es lo que la acaba haciendo tan peculiar y tan divertida. Y repito, a riesgo de parecer insistente, que de ningún modo lo anterior debe ser entendido como algo negativo sino simplemente como algo inherente a un estilo que habrá sido lo que busquen, presumiblemente, quienes se enamoren de la Low.

Dame par y moveré el mundo

Otra de las razones por las que siento debilidad por Harley-Davidson es por su asombrosa capacidad para reinventarse aunque parezca que no lo hace en absoluto. Durante varios años los periodistas bromeábamos sobre que la evolución técnica más destacable en los 'nuevos' modelos de Milwaukee era la longitud de los flecos de las maletas. Y ese inmovilismo fue, en buena parte, real..., hasta que la casa del cerdito se puso las pilas y con el motor Twin-Cam 88 se acabaron las bromas. Desde entonces cada propulsor ha sido mejor, más fiable..., y probablemente también de tacto más 'eléctrico'. Tanto los gustos cambiantes de los usuarios generalistas como la necesidad de adaptarse a las severas normativas de velocidad, ruido y emisiones obligaban a ello.

Por eso tenía mucha curiosidad por descubrir qué camino había tomado el que la casa anunciaba como 'el motor más potente fabricado jamás por Harley-Davidson', el Milwaukee-Eight 107 de 1745 cc. El noveno propulsor 'made in Milwaukee' es totalmente nuevo, tiene cuatro válvulas por cilindro pero con un único árbol de levas y un 11% más de par motor y aceleración que el último Twin Cam High Output 103. Pese a eso sigue siendo un motor 'de tacto suave' ya que incorpora un eje de equilibrado que anula el 75% de las vibraciones y mejora también otro tradicional aspecto de los V-Twin americanos, el de la disipación del calor.

Dicho esto, que la mayor virtud de uno de los propulsores de Wisconsin sea un par descomunal no debería sorprender pero -hasta la fecha y ya entrando en materia- no recuerdo que ninguno haya dispuesto de tanto. En la práctica, a un régimen medio de entre 3.000 y 4.500 rpm, la moto es virtualmente mono-marcha y basta abrir y cerrar gas para que dispongamos siempre de la caballería que necesitamos.

Sin duda esta es la horquilla de vueltas en la que el 107 se siente más cómodo pero aumentando el régimen y subiendo marchas hasta sobrepasar por poco las 5.500, a partir de las cuales el motor ya no está tan cómodo -la zona roja empieza en las 6.000- tampoco encontré ningún vacío de potencia que reseñar. Hasta ahí tira y tira sin parar.

Minimalismo como vocación

Ergonómicamente la moto americana sigue siendo impecable y su cuidado por el detalle aún más impecable, como es de rigor en la marca. La plaza trasera se me antojó algo justa para una máquina de este calado pero, como decía al principio, esta es una moto de vocación monoplaza y por otra parte existen -como es regla de oro en Harley- docenas de posibilidades de personalización y mejora que pueden convertir nuestra Low Rider en lo que queramos.

Volviendo a cosas concretas me gusta especialmente que se haya acortado ¡por fin! la distancia del caballete lateral y su longitud, de modo que ahora resulta más fácil de accionar desde el asiento si se tienen unas piernas de medida estándar como las mías.

Y hablando de buenos detalles, sin duda lo son también la doble instrumentacion de estilo 'Throwback' sobre el deposito, con los enormes velocimetro y tacometro ocupándolo todo y apostando claramente por un minimalismo que se nota también en la sobria decoración.

Como decía al principio, esta es una moto 'diferente' dentro del catálogo Harley-Davidson y propone también una imagen propia, más setentera y alejada de las modas actuales del género.

En ese sentido la Low Rider no engaña; no caben con ella 'errores de concepto'.

Nadie se compra una para picarse en la subida a un puerto de montaña, más bien lo hace para llegar relajado y marcando estilo hasta el restaurante de la cima.

Tampoco es la custom que se compra quien busca a toda costa una estética 'retro' porque ya hay otras opciones de ese estilo en la gama y la Low se permite licencias estilísticas que podrían sonar a excesivas.

Y no busca al gran rutero devora-millas que quiere recorrer los Apalaches..., aunque tampoco al Harlysta urbanita.

¿A quien enamorará entonces nuestra Low?

Pues seguramente a los moteros de fe que estén dispuestos a creer en su concepto.

Es lo que tienen los actos de fe...

Fotos de la Harley Davidson Softail Low Rider

Fotografías por: Sessantuno (Guillem Hernández)
 

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